No puedo evitar sentirme como de otra especie, seguramente inferior, pero cada vez más alejada de aquella en la que ocupé el nicho ecológico que, por naturaleza, me corresponde. En cuanto las inteligencias programadas se van empoderando, la decreciente inteligencia natural que la masa humana se atribuye como aspecto diferencial, aquella que se otorga para justificar la indiscutible supremacía sobre el resto de las especies, se diluye frente a las modernas flautas mágicas en las que sigue sonando la rancia melodía del crecimiento infinito, y cuyo efecto hipnótico sigue encantando y convenciendo, pese a las poderosas evidencias de su engaño, pese a que los únicos que crezcan sean los tejedores de banderas y los constructores de muros, pese al irreparable rastro de muerte y destrucción que deja tras de sí. Mientras proliferan los pequeños chips que nos instruyen sobre nuestro próximo destino, qué rumbo seguir o cual será el próximo paso, seguimos ignorando a la tierra y nuestra especie se degrada, se rebaja al nivel de la garra y el colmillo, de la pezuña afilada que se afana en escarbar en su propia miseria. Contemplo estupefacto como la especie de la que ahora intento desertar, involuciona tan aprisa que trasciende la poesía de lo salvaje y se acerca a lo atroz, se blinda ante el dolor ajeno, ante la tierra que muere bajo sus pies, se aferra a su ingratitud y se acomoda a sus propias atrocidades. No necesitamos corbatas brillantes ni peinados impecables que desciendan de sus altares a enseñarnos que, según sus cuentas, hemos de cavar trincheras profundas a las que arrojarnos junto a nuestros hijos e hijas para entregar sus vidas y las nuestras luchando por anhelos y codicias que les son ajenas, que no nos incumben. No necesitamos fronteras que nos dividan ni banderas que nos diferencien. Necesitamos manos que arrojen los mástiles de colores a los que se aferran porque así se lo enseñaron, manos que crean en la tierra y que regresen a ella. Necesitamos manos que cuiden, recojan y agradezcan los dones que la tierra ofrece a todos los seres y los hermana, sea cual sea su especie, sea cual sea la naturaleza de su inteligencia. Necesitamos paz para poder crecer en amor y gratitud.
La Madeja de Papel es ante todo un punto de encuentro, el lugar en el que el ricón más íntimo y personal del autor se abre para ser compartido con aquellos que decidan asomarse a su interior. Es el ovillo en el que se encuentran entrelazadas las palabras, los pensamientos hechos letra, la fantasía que nos permite viajar a cualquier lugar o tiempo a través de la tinta derramada sobre el papel, los sueños que a fuerza de serlo se convierten en leyenda unas veces y en realidad otras, los cuentos en los que nos abstraemos para saborear una realidad ajena y las historias que inevitablemente necesitamos para mantener viva la ilusión del niño que hay aún dentro de cada uno de nosotros.
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