La ciudad verde en el Sol, el lugar de las aguas frescas, la ciudad salvaje. En la cuarta ciudad más grande del continente universo la vida es intensa, demasiado intensa. Un tercio de sus casi cuatro millones de almas vive en el gran cinturón de de chabolas que rodea sus calles, Kibera. Desde el cielo, un marabú puede ver el color anaranjado y térreo del océano de chapas oxidadas que cubre todas y cada una de los cubículos que lo forman. Pero en su interior el color es bien distinto, todos sus rincones son negros, tan negros como la piel y los ojos de sus habitantes. Hablo del lugar en el que los niños juegan con las ratas entre aguas fecales, y no se ven coloridas organizaciones poniendo en marcha planes de ayuda, no hay nada que se pueda potabilizar. Pero ésta es sólo una de las caras de la ciudad salvaje. Entrando en ella se descubren dos escenarios bien diferentes, el día y la noche. A pleno sol, la ciudad salvaje es un hervidero bajo la apariencia de una moral tan falsa como forzados son los modales e incómodos los protocolos. Las calles están abarrotadas de coches, furgonetas y autobuses que avanzan muy lentamente en un atasco perpetuo que marca el ritmo y la vida de quienes los conducen, de quienes atraviesan las calles y avenidas sorteándolos, de quienes se han acostumbrado a su ensordecedor murmullo y a respirar el aire teñido de humo. Caminando por la calle me cruzo sonrisas con la gente a la que arrojo una mirada, me gusta la amabilidad que se palpa durante el día. En la ciudad salvaje hay mucha moda, muchos hombres visten trajes de corte antiguo, luciendo sobre ellos corbatas del todo imposibles. Los zapatos son un tema aparte, absurdos modelos estrechos y largos, de punta recortada, imitando cocodrilo, serpiente, jirafa o cebra, absolutamente imponibles fuera de un carnaval. Las señoras siempre lo han tenido más fácil, se pongan lo que se pongan están bien, son señoras y ellas entienden de moda. Sus vestidos de llamativos colores, recargados de volantes y vericuetos textiles, envolviendo carnes a menudo desmesuradas sobre las cuales chirrían las costuras. Me suelen parecer arrebatadoramente feos, pero deben estar de moda, porque todas las señoras de cierto porte, o mejor dicho, de porte bastante cierto, visten cosa parecida. Pero hay algo en las señoras aún más impresionante, las pelucas chinas, algunas trenzadas, otras de pelo lacio, de turulitos de pelo o de pelo enturulado, son todas espantosas, de brillante plástico barato y fácilmente inflamable. Pero estos señores y señoras que, con un éxito más que relativo, tanto se afanan en su indumentaria, no son los únicos habitantes de estas calles, comparten su ecosistema urbano con un sinfín de personajes de procedencias y costumbres tan variadas que es imposible nombrarlas a todas. Entre ellos abundan masaais que se han venido a la ciudad a probar una vida menos dura y austera, que han conseguido un traje y una corbata para intentar integrarse y pasar más desapercibidos, sin embargo, aguerridos a la inseparable vara de acacia que la vida les ha asignado, sus orejas labradas y dilatadas siempre les distinguirán del resto. Un grupo de etnia turkana se agita en la puerta del tribunal en donde juzgan a uno de sus miembros por haber matado a uno de otra tribu en una reyerta a cuenta del ganado, y enfundados en sus extraños ropajes y pieles, cantan y bailan consignas en favor del procesado. Kikuyos, Luos, Kalenjis y demás, todos componen el gran mosaico de Nairobi. Gente que lleva papeles, gente que lleva sacos, gente que lleva a más gente, empujadores de carretas y vendedores de periódicos, niños de la calle, vagabundos, mendigos y prostitutas, taxistas llamándome a voces, gente con armas, ¿qué más se puede pedir?, a ver, ya puestos, un mercado caótico y abarrotado de todo y de todos. Hago la compra de verdura en el mercado central de Nairobi, y de todas las experiencias que he vivido en mi vida, ésta es de las más intensas y emocionantes, es literalmente el mayor caos al que he asistido, el que más ha fijado la perplejidad en mi rostro, nunca se limpia nada, la mierda se va acumulando en el suelo capa sobre capa, día sobre día, año sobre año, y el resultado es un suelo blando, húmedo y deforme cuya pestilencia es difícil de soportar durante los primeros momentos, luego ya el olfato se anestesia y se hace llevadero. Nadie se molesta en quitar el vetusto manto de detritos fosilizados, forjado a base de acumular restos de carne y pescado, fruta que se pudre, animales que mueren en sus jaulas cansados de que nadie los compre, y sobre este tapiz pútrido, se dispone día tras día una increíble variedad de frutas y verduras de gran calidad y colorido, nuevas porciones de res recientemente sacrificada y pescados que van perdiendo su brillo bajo el sol que los ablanda. También se amontonan sobre este suelo informe una marabunta de ladrones, rateros, mentirosos e hijos de malas ratas que, sin descanso, intentan conducirte a la fatalidad, pero en esto ya estoy bastante bien bregado, y me los quito de encima con buena mano. Las vendedoras y vendedores que muestran sus mercancías postradas en el suelo de cualquier manera, gritan, vociferan, te llaman, te agarran, mzungu, me dicen, cuidado con los bolsillos, agarra bien la mochila. No hay calles en el mercado, es la pura improvisación, la gente transita este mercado a saltos y empujones, los porteadores de cajas y sacos piden paso por las estrechas calles a silbidos, y hay que aplastarse contra las manzanas y las cebollas para dejarles paso. Este mercado salvaje es el propio de la ciudad salvaje, aquí la ley del más fuerte es la establecida, pero no es la peor ley. Existe otro puñado de leyes con las que hay que convivir, y quien no las conoce no vive para contarlo. Aquí la policía no detiene, si la falta es leve te arrean una paliza de palos de la que a lo mejor te recuperas. Poca cosa, aquí los ladrones y otros piratas son pasto de las balas, sin miramiento, la policía tirotea a quien se lo busca, en plena calle, me lo podrían haber contado, pero no ha hecho falta, no hace mucho tiempo vi, en medio de un inmenso atasco, a unos agentes de la ley matar a cuatro tipos que se disponían a asaltar una furgoneta de transporte de dinero. Y después de apaciguar a la creciente y desordenada multitud de curiosos con repetidos disparos al aire, todo volvió a la normalidad, ¡demasiado valientes! escuché decir a alguien con desprecio mientras pasaba al lado de uno de los cuatro desgraciados abatidos a tiros. El otro día pasaba caminando por delante del edificio del parlamento, y vi como una banda de músicos militares interpretaba algún tema del repertorio castrense, seguí caminando mientras los miraba hasta que una mano se posó en mi hombre y me dijo: no camines más, quédate parado mientras suena el himno. Reparé en que todo el mundo estaba quieto, inmóvil. Cuando todo acabó, el dueño de aquella mano amiga me explicó que caminar mientras se interpreta el himno era una grave ofensa, y te detienen si lo haces. En esta ciudad salvaje existe un barrio muy especial, Eastleight, el barrio somalí. Aquí no se oye swahili ni inglés, los habitantes de este barrio sólo hablan somalí. Caminando entre sus calles tortuosas y sucias se ve cómo van surgiendo cada vez más rápido negocios de todo tipo, tiendas, centros comerciales, restaurantes. Las fachadas bien pintadas y con amplios ventanales contrastan mucho con la decadencia y la humildad de los edificios contiguos. En Eastleight viven muchos refugiados somalíes, huyeron de la miseria, la guerra y los atropellos, pero entre ellos se camuflan los dueños de las mafias de la piratería, aquí es donde se blanquea el dinero procedente de los rescates de los secuestros de barcos en el mar de Abiján y en otros puntos del índico. Entre estas calles conviven la humildad y la pobreza con la riqueza rebosante de quienes se lucran con las modernas batallas navales en alta mar. La ciudad salvaje es así a plena luz del día, pero cuando cae el sol todo se transforma. Ahora es el tiempo de las fieras, de las ratas, del mercado de carne negra, ya no hay moral ni modales, y la ciudad salvaje se vuelve más salvaje que nunca. Los casinos encienden sus luces y los grandes depredadores encienden sus ojos, las grandes vallas publicitarias exhiben sus imágenes cambiantes a todo color. Los clubes abren sus puertas y ponen la música a todo volumen. El atasco es el mismo que durante el día, pero los coches que avanzan tramo a tramo son ahora sorteados por niños que agarran con fuerza sus bolsas de pegamento, por prostitutas y prostituidas, por alguna gente que pide y por otra que agarra lo que puede y sale corriendo. No es buena idea salir a dar una vuelta si no vas acompañado, por alguien que no sea tan blanco, tan mzungu como yo, y así me lo hizo saber el amable portero del hotel que, viendo cómo salía la otra noche dispuesto a comerme el mundo, me paró, ¿dónde vas?, a dar una vuelta, le dije, a tomar unas cervezas. El hombre me miró de arriba abajo y se rió sin reparo, ¿tú solo?, pues sí, le contesté. El hombre continuó riendo y cuando ya se le pasaba el arrebato histriónico, me pasó su brazo por encima del hombro y me dijo, amigo, si quieres volver a tu habitación esta noche, tómate las cervezas que quieras, pero en el bar del hotel. Al final se me contagió su risa y la amabilidad de su consejo. Dos cervezas después ya estaba en la cama. Así es la ciudad salvaje, una ciudad como muchas otras, cuyo salvajismo me atrae de día y de noche con un adictivo morbo inexplicable al que siempre sucumbo.
La Madeja de Papel es ante todo un punto de encuentro, el lugar en el que el ricón más íntimo y personal del autor se abre para ser compartido con aquellos que decidan asomarse a su interior. Es el ovillo en el que se encuentran entrelazadas las palabras, los pensamientos hechos letra, la fantasía que nos permite viajar a cualquier lugar o tiempo a través de la tinta derramada sobre el papel, los sueños que a fuerza de serlo se convierten en leyenda unas veces y en realidad otras, los cuentos en los que nos abstraemos para saborear una realidad ajena y las historias que inevitablemente necesitamos para mantener viva la ilusión del niño que hay aún dentro de cada uno de nosotros.
Es verdad ,me megusta esta cuidad de maasai.
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