El fuego siempre me ha fascinado y aterrorizado al mismo tiempo. Domesticado en el tiempo de las cavernas, desbocado mientras devora los bosques que nos rodean, su presencia me recuerda que algo tan esencial puede convertirse en amenaza si no se conoce y se aprende a convivir con ello.
En nuestros tiempos, los veranos se han convertido en un aquelarre funesto en el que los bosques arden con frecuencia creciente, y mientras eso sucede, entendemos las llamas como un enemigo heróico contra el que se combate con aviones, helicópteros y titulares. La épica del fuego se instala por unos días en nuestras vidas, los relatos sobre las nobles gestas del combate estival, la conmovedora estampa del bombero exhausto, y la plomiza bóveda de humo que no sólo oscurece el cielo, también el futuro. Sin embargo, la verdadera batalla rara vez se libra en verano. La lucha contra los incendios comienza mucho antes, en la raíz silenciosa del invierno, en los montes limpios, en los cortafuegos mantenidos, en las comunidades rurales vivas que trabajan y cuidan la tierra en la que viven y de la que dependen.
El problema no es el fuego en sí, sino nuestra manera de relacionarnos con él. Se han afianzado el hábito y el lucro de dejarlo crecer sin orden ni cuidado durante meses y después, tras escenificar el arrebato de una sorpresa que ya se conoce, pretender dominarlo en unas horas en las que, mientras unos se juegan la vida, otros hacen caja. Hemos confundido la espectacularidad con la eficacia, la extinción con la prevención, el parche con la solución. Apagar incendios en invierno no levanta titulares ni genera morbosas imágenes con las que abrir informativos voraces de audiencia, pero sí genera vida. En los meses fríos, cuando el monte duerme y el pasto se repliega, se deberían desplegar las cuadrillas que limpien, que desbrocen, que recojan la leña caída, que abran sendas y caminos. Ese trabajo, invisible pero crucial, sostiene al bosque durante el verano como lo hacen las raíces con el árbol. Cada rama que se retira a lo largo de la invernada es una chispa menos en julio. Cada hectárea cuidada es una oportunidad de vida, no de ceniza. Cada jornada invertida en prevención es también una jornada de empleo, de arraigo, de dignidad para quienes habitan los olvidados pueblos del interior cuyos nombres sólo suenan cuando son pasto del fuego.
La prevención, además de planificación y técnica forestal, es también política y gestión del territorio, es apuesta social. Mientras el monte esté vivo y poblado de personas que lo conocen, que lo trabajan y que se alimentan de él, el fuego tendrá menos oportunidades de reinar. Allí donde se extingue la población rural, es dónde con más fuerza medran las llamas.
Este libro nace de la profunda convicción de que el fuego no es solo un elemento natural, un aliado en nuestra evolución como especie y en nuestras vidas diarias, sino también un reflejo de nuestras decisiones colectivas. Las páginas que siguen no son únicamente una historia, sino una llamada de atención, un recordatorio de que la ceniza que cubre nuestros montes también cubre y nubla nuestra falta de visión. Esta obra es un grito contra el resigno de ver cómo cada verano se convierte en un rastro de lamentos y en un ritual de humo y pérdidas, es una invitación a imaginar una realidad distinta, un modelo de gestión en el que el invierno sea tiempo de siembra y cuidado, de dibujar un futuro y un nuevo escenario en el que las manos que hoy emigran encuentren trabajo en sus propios valles, en el que la prevención sea entendida como la forma más eficaz y humana de extinción.
Apagar el fuego en verano es un gesto heroico, pero apagarlo en invierno es un acto de sabiduría. Lo primero nos salva un día; lo segundo nos promete una vida entera.
Que, en el nombre del fuego, aflore la verdad que esconde la esperanza de un futuro más justo para los bosques y para quienes los habitan.