La Madeja de Papel es ante todo un punto de encuentro, el lugar en el que el ricón más íntimo y personal del autor se abre para ser compartido con aquellos que decidan asomarse a su interior. Es el ovillo en el que se encuentran entrelazadas las palabras, los pensamientos hechos letra, la fantasía que nos permite viajar a cualquier lugar o tiempo a través de la tinta derramada sobre el papel, los sueños que a fuerza de serlo se convierten en leyenda unas veces y en realidad otras, los cuentos en los que nos abstraemos para saborear una realidad ajena y las historias que inevitablemente necesitamos para mantener viva la ilusión del niño que hay aún dentro de cada uno de nosotros.

lunes, 15 de diciembre de 2025

CUANDO EL MONTE DUERME

        El fuego siempre me ha fascinado y aterrorizado al mismo tiempo. Domesticado en el tiempo de las cavernas, desbocado mientras devora los bosques que nos rodean, su presencia me recuerda que algo tan esencial puede convertirse en amenaza si no se conoce y se aprende a convivir con ello. 

        En nuestros tiempos, los veranos se han convertido en un aquelarre funesto en el que los bosques arden con frecuencia creciente, y mientras eso sucede, entendemos las llamas como un enemigo heróico contra el que se combate con aviones, helicópteros y titulares. La épica del fuego se instala por unos días en nuestras vidas, los relatos sobre las nobles gestas del combate estival, la conmovedora estampa del bombero exhausto, y la plomiza bóveda de humo que no sólo oscurece el cielo, también el futuro. Sin embargo, la verdadera batalla rara vez se libra en verano. La lucha contra los incendios comienza mucho antes, en la raíz silenciosa del invierno, en los montes limpios, en los cortafuegos mantenidos, en las comunidades rurales vivas que trabajan y cuidan la tierra en la que viven y de la que dependen.

        El problema no es el fuego en sí, sino nuestra manera de relacionarnos con él. Se han afianzado el hábito y el lucro de dejarlo crecer sin orden ni cuidado durante meses y después, tras escenificar el arrebato de una sorpresa que ya se conoce, pretender dominarlo en unas horas en las que, mientras unos se juegan la vida, otros hacen caja. Hemos confundido la espectacularidad con la eficacia, la extinción con la prevención, el parche con la solución. Apagar incendios en invierno no levanta titulares ni genera morbosas imágenes con las que abrir informativos voraces de audiencia, pero sí genera vida. En los meses fríos, cuando el monte duerme y el pasto se repliega, se deberían desplegar las cuadrillas que limpien, que desbrocen, que recojan la leña caída, que abran sendas y caminos. Ese trabajo, invisible pero crucial, sostiene al bosque durante el verano como lo hacen las raíces con el árbol. Cada rama que se retira a lo largo de la invernada es una chispa menos en julio. Cada hectárea cuidada es una oportunidad de vida, no de ceniza. Cada jornada invertida en prevención es también una jornada de empleo, de arraigo, de dignidad para quienes habitan los olvidados pueblos del interior cuyos nombres sólo suenan cuando son pasto del fuego. 

      La prevención, además de planificación y técnica forestal, es también política y gestión del territorio, es apuesta social. Mientras el monte esté vivo y poblado de personas que lo conocen, que lo trabajan y que se alimentan de él, el fuego tendrá menos oportunidades de reinar. Allí donde se extingue la población rural, es dónde con más fuerza medran las llamas.

        Este libro nace de la profunda convicción de que el fuego no es solo un elemento natural, un aliado en nuestra evolución como especie y en nuestras vidas diarias, sino también un reflejo de nuestras decisiones colectivas. Las páginas que siguen no son únicamente una historia, sino una llamada de atención, un recordatorio de que la ceniza que cubre nuestros montes también cubre y nubla nuestra falta de visión. Esta obra es un grito contra el resigno de ver cómo cada verano se convierte en un rastro de lamentos y en un ritual de humo y pérdidas, es una invitación a imaginar una realidad distinta, un modelo de gestión en el que el invierno sea tiempo de siembra y cuidado, de dibujar un futuro y  un nuevo escenario en el que las manos que hoy emigran encuentren trabajo en sus propios valles, en el que la prevención sea entendida como la forma más eficaz y humana de extinción. 

        Apagar el fuego en verano es un gesto heroico, pero apagarlo en invierno es un acto de sabiduría. Lo primero nos salva un día; lo segundo nos promete una vida entera.

        Que, en el nombre del fuego, aflore la verdad que esconde la esperanza de un futuro más justo para los bosques y para quienes los habitan.



MANOS A LA TIERRA

 No puedo evitar sentirme como de otra especie, seguramente inferior, pero cada vez más alejada de aquella en la que ocupé el nicho ecológico que, por naturaleza, me corresponde. En cuanto las inteligencias programadas se van empoderando, la decreciente inteligencia natural que la masa humana se atribuye como aspecto diferencial, aquella que se otorga para justificar la indiscutible supremacía sobre el resto de las especies, se diluye frente a las modernas flautas mágicas en las que sigue sonando la rancia melodía del crecimiento infinito, y cuyo efecto hipnótico sigue encantando y convenciendo, pese a las poderosas evidencias de su engaño, pese a que los únicos que crezcan sean los tejedores de banderas y los constructores de muros, pese al irreparable rastro de muerte y destrucción que deja tras de sí. Mientras proliferan los pequeños chips que nos instruyen sobre nuestro próximo destino, qué rumbo seguir o cual será el próximo paso, seguimos ignorando a la tierra y nuestra especie se degrada, se rebaja al nivel de la garra y el colmillo, de la pezuña afilada que se afana en escarbar en su propia miseria. Contemplo estupefacto como la especie de la que ahora intento desertar, involuciona tan aprisa que trasciende la poesía de lo salvaje y se acerca a lo atroz, se blinda ante el dolor ajeno, ante la tierra que muere bajo sus pies, se aferra a su ingratitud y se acomoda a sus propias atrocidades. No necesitamos corbatas brillantes ni peinados impecables que desciendan de sus altares a enseñarnos que, según sus cuentas,  hemos de cavar trincheras profundas a las que arrojarnos junto a nuestros hijos e hijas para entregar sus vidas y las nuestras luchando por anhelos y codicias que les son ajenas, que no nos incumben. No necesitamos fronteras que nos dividan ni banderas que nos diferencien. Necesitamos manos que arrojen los mástiles de colores a los que se aferran porque así se lo enseñaron, manos que crean en la tierra y que regresen a ella. Necesitamos manos que cuiden, recojan y agradezcan los dones que la tierra ofrece a todos los seres y los hermana, sea cual sea su especie, sea cual sea la naturaleza de su inteligencia. Necesitamos paz para poder crecer en amor y gratitud.











martes, 29 de abril de 2014

LA TIERRA DE LOS DIOSES CIEGOS

    India, la verdadera puerta de Oriente, es un territorio en el que la belleza y la miseria se disputan la conquista del infinito a partes iguales, un mundo insólito que atrapa e incluso llega a destruir a quien se asoma a sus adentros, porque desde entonces, algo de muy adentro cambia para siempre, y ya nunca se vuelve a ser el mismo. Es una tierra vieja y sabia, un suelo testigo de la historia, cuna de tantas culturas y guardiana de tantos secretos como destinos posibles aguardan a quien se atreve a descubrirlos.

          Es el lugar del agua, de las aguas índicas nacidas en las altas montañas del Himalaya, aguas que surcan la tierra en todas direcciones antes de ganar la sal del océano, aguas que alimentan a los grandes ríos que vertebran la vida, pero que corre por las cloacas de los suburbios de las que beben por igual las ratas y los niños. Aguas que llenan los estanques sagrados donde se bañan los dioses, pero que también encharcan los suelos fangosos de los arrabales en los que se bañan perros y hombres. Aguas que riegan jardines fabulosos y frondosas selvas verdes incandescentes, pero también aguas que arrasan la vida para volver a crearla, que inundan la tierra con furia, como si el cielo se rasgase sobre ella. Aguas que, después de todo, terminan por abrazar a la tierra para hacerla fértil y rica para todos los que viven sobre ella, pero cuyos frutos sólo serán para unos cuantos.


                Es el lugar de la Tierra. Las imponentes montañas septentrionales a las que llaman “morada de las nieves” guardan a buen recaudo los pueblos de piedra y madera por cuyos callejones estrechos y pasadizos de hielo se puede sentir que el tiempo transcurre más lentamente, y en las caras rojizas y planas de sus moradores se intuye que allí la tierra gira más despacio. Las faldas y laderas de los montes cuyas cumbres conforman el techo del mundo son una sucesión de valles nevados, de heladas estepas salpicadas por pagodas y templos que permanecen silenciosos envueltos en el humo perfumado del incienso. Aparecen como de la nada aldeas diminutas y pueblos de casas coloridas en cuyas calles persiste el aroma de la leña en las chimeneas. Más abajo de las praderas de manzanos de las tierras frías, se extiende la tierra en todas sus dimensiones. Vastos desiertos legendarios cuyas dunas siguen atestiguando el eterno transitar de los pueblos nómadas que aún existen al capricho de las arenas yermas y rojizas. Selvas en absoluto esplendor que albergan bajo su fronde impenetrable a algunas de las más bellas y delicadas criaturas conocidas, donde la vida sigue siendo como debió haber sido en sus inicios, salvaje, indómita y bestial. Pero la tierra que se esparce hasta el mar bajo la gloria y  grandeza de las soberbias montañas, aún tiene más caras que mostrar.  Debajo de su espeso manto de blanca seda de hielo y roca, también se encuentran las terribles playas de basura cuyas mareas bañan las periferias de las grandes ciudades, y en las que alimañas y personas consideradas de una especie inferior, andan a la zarpa en disputa de los restos que prolongarán aún más las miserables vidas a las que se aferran por puro instinto. En esta misma tierra se miran a la cara sin pudor los dioses empachados de ofrendas y borrachos de tributos, rodeados de grandes jardines y templos atiborrados de flores y a cuyos pies se puede ver a una mujer morir de lepra o a un niño retorciéndose de hambre sin que nadie, divino o terrenal, les dedique una mirada. Es una tierra que florece, pero cuyas flores sólo llegan a unos pocos.

          Es también el lugar del fuego y del aire. El aire aquí se mueve despacio transportando los millones de olores, deseos y sueños que le son confiados, pero también se enfurece y se parte en corrientes que chocan y luchan en huracanes y tifones que terminan por ahogar tantos olores como sueños y deseos. El aire mece el adiós del fuego que consume los cuerpos sobre sus piras funerarias, alimenta las llamas que barren el suelo de los pastizales segados, y se vuelve cálido y placentero sobre el fuego de los hogares al caer la noche. Pero en esta porción de mundo, ni siquiera el aire y el fuego son generosos para todos. A aquellos a los que nunca les llegan los frutos ni las flores, tampoco les llega la cuota de aire limpio a la que tienen derecho por nacimiento, ni el calor del fuego que a muchos les sobra.
                Ésta es, más que ninguna otra, la tierra de los Dioses. Un sinfín de ellos eligieron este lugar hace miles de años, y desde entonces permanecen viviendo en la quietud de sus montañas, acariciando la piel suave del desierto y paseando por sus valles fértiles y por sus bosques exuberantes. Pero entre tanta divinidad y tan poderosa, reina la confusión. Se diría que estos Dioses se encuentran tan ocupados en la creación de tanta belleza que no prestan atención a la imperfección de su obra. Sobre el colorido lienzo rebosante de vida que pintan a muchas manos se abren grietas por las que se escapa la miseria que su orgullo divino les impide mirar. No tienen ojos para las hordas de niños que no tienen más techo que un cielo sucio y contaminado, los niños que se deslizan entre las riadas de coches que se agolpan en las avenidas de las megápolis desordenadas y sórdidas, que respiran continuamente el humo de sus motores y que golpean insistentemente sus ventanillas casi siempre en espera de nada, aquellos niños que son reclutados por el enorme ejército de mendigos del que forman parte incluso antes de haber nacido. Pertenecen a una especie inferior y lo saben. Son pequeños pero tienen grandes ojos negros con los que miran a un mundo que les da la espalda, y así, mientras van perdiendo la ingenua sonrisa de su corta niñez, van entendiendo el lugar que les corresponde sobre las aceras, bajo los cartones, en las vías del tren o amontonados en los basurales.

          Ni el crisol de colores que se funden bajo un sol inmenso y radiante, ni el más picante de los condimentos, consiguen disimular esta realidad sólo invisible para quien no la quiere mirar. Esta tierra es un pedazo de mundo sorprendente y sobrecogedor, apasionante y desolador, una tierra de Dioses Ciegos que prefieren no mirar lo que ocurre debajo de las magníficas montañas que se afanan en construir.





miércoles, 23 de abril de 2014

KOGOTENI

Los veo por la calle, de un lado a otro, tirando de sus carros como la más común de las bestias. Sus carros son enormes, hechos de chapas y tablones de madera remendados y cosidos con  clavos. En la parte delantera hay construida una horquilla de madera basta unida por untravesaño. En el borde rasero tienen clavado un neumático viejo que les sirve para frenar cuando enfilan una pendiente y la carga amenaza con aplastarles, entonces basculan hacia atrás hasta que el neumático choca contra el suelo evitando un fatal desenlace. Ellos se sitúan dentro de la horquilla, en el lugar en el que nosotros estamos acostumbrados a ver burros, caballos o bueyes. Pero aquí son ellos los que tiran del carro, cargado a veces hasta la infinitud, hasta los límites de lo comprensible. Llevan hierros, sacos de cemento, de harina, llevan cajas de verduras, frutas y hortalizas, llevan lo que sea, da igual, pero sea lo que sea se amontona sobre los listones hasta que la carga les supera en dos o tres alturas y se empieza a tambalear, entonces ya está, ya no cabe más. El hombre aquí se transforma en animal, no entiende que esa carga no se puede mover, se coloca en su puesto y cierne sus garras con fuerza sobre la madera sobre la que se agrieta su piel, empuja, su mandíbula se desencaja y sus venas florecen sobre su piel negra y brillante a punto de reventar, sus pies resbalan impotentes levantando una pequeña nube de polvo sobre el suelo hostil. Desiste, no puede, pero podrá, de momento se retira para tomar aliento, pide ayuda y dos hombres se acercan, se suben encima de la traviesa de la horquilla y saltan sobre ella hasta que el carro bascula hacia adelante alcanzando una horizontalidad más que precaria. El hombre se coloca de nuevo en su lugar, de nuevo se transforma en animal y, a duras penas, las dos ruedas empiezan a girar despacio sobre un eje chirriante. La carga empieza a moverse y en la expresión de la bestia bípeda que la impulsa se adivina la intención inequívoca de llegar a su destino, sea cual sea, sea cuando sea. Suben y bajan calles y caminos, su esfuerzo hercúleo es anónimo y sordo, pero imprescindible. Estos hombres son casi lo peor, casi lo más bajo. A menudo calzan zapatos diferentes en cada pie, que sólo se parecen entre ellos por lo rotos y viejos que están. Visten algo peor que los harapos, este gremio ni siquiera disfruta los jirones de lo que otros tiran a la basura. Están sucios y heridos por las astillas y los clavos que les rodean. Sin embargo su dignidad es aún mayor que la carga que transportan. Nadie entiende que si ellos no regaran con su sudor las calles y los caminos, la harina nunca llegaría a la panadería, las naranjas y los tomates no podrían exhibirse en los puestos de los pequeños mercados, las casas estarían incompletas a falta de ladrillos y cemento, o de las placas de chapa ondulada que hacen de tejado. Les pregunto que cuánto ganan por su trabajo y, además de darme vergüenza, me parece de mal gusto transcribir su respuesta. Los veo y pienso que más que la mercancía que acarrean con afán incombustible, lo que de verdad pesa sobre ellos es una carga mucho más fatigante, porque ellos soportan el peso de muchas barrigas injustamente satisfechas y de tantos bolsillos repletos de lo que no les corresponde. Los veo y pienso que son seres mitológicos, semihombres semibestias que, al igual que Atlas castigado por Zeus al ser derrotado, soportan sobre sus hombros el peso del mundo, el peso de un mundo mal repartido.


jueves, 1 de septiembre de 2011

ODIO POR LÁSTIMA

Muchas son las vergüenzas que planean sobre nuestro planeta, tantas como las impunes injusticias y atropellos cometidos bajo todos sus meridianos y paralelos, tantas como anónimas y efímeras huellas negras se imprimen día tras día, angustiosamente, sobre la indolente arena del desierto, huellas de gente que huye, huellas de personas que persiguen el sueño de una vida mejor y que se entregan a una travesía suicida en la seguridad de que cualquier cosa que les depare el destino será mejor que aquello de lo que pretenden escapar. Son huellas anónimas que serán barridas por un viento que volverá virgen la piel de las dunas, dejándolas de nuevo como una página en blanco sobre la que inevitablemente alguien volverá a imprimir el rastro de su incansable caminar, escribiendo con sus pasos hacia el desengaño la triste historia de su tragedia personal.

No consigo reponerme a esta realidad digerida sin dolor, a la que nuestra sociedad asiste enmudecida, volviendo la mirada hacia sus televisores de plasma, hacia sus coches nuevos recién lavados y encerados o hacia sus flamantes jardines de verde césped recién cortado.

Recuerdo cada día el momento en que mis ojos dejaron de ser ciegos, en el que mis oídos abandonaron la sordera. Tengo muy presente el día en el que mis sentidos despertaron del estúpido letargo al que se habían abandonado gracias a los malintencionados ruidos de una sociedad supuestamente avanzada, y que pretenden ahogar las voces de aquellos que reclaman su parte del pastel, de quienes en justicia, piden aquello que les pertenece y que durante siglos les ha sido robado de la peor de las maneras.

La nuestra es una sociedad instalada en una vergüenza que cada vez es más difícil ignorar, y a la que tarde o temprano, por las buenas o por las malas, la imparable fuerza de nuestra madre tierra nos obligará a afrontar y a reponer. Lo malo de todo esto es que cuando llega demasiado tarde, la justicia deja de serlo, y aunque de alguna manera exija devolver todo aquello que, a lo largo de la historia, ha sido usurpado a aquellos que no supieron cómo defenderse de la aplastante codicia que occidente ha ejercido y que sigue practicando sobre el resto del mundo en el inmaculado nombre de su desarrollo, nunca será posible resarcir la dignidad de quienes han sido robados, raptados, secuestrados, traficados, sometidos, desposeídos, humillados, esclavizados, violados, torturados y finalmente asesinados.

De todos los oscuros rincones del mundo que pretenden ser ocultados tras el esplendoroso desarrollo que separa a occidente del resto del mundo, África es el que más me duele. Cada una de las gotas de sangre que hoy en día se derraman sobre su tierra preciosa nos salpica a todos los que disfrutamos de una injusta opulencia construida a costa de las atrocidades y abusos que se cometieron en un pasado reciente del que hipócritamente decimos sentirnos avergonzados, y que igualmente se siguen cometiendo en nuestros días, ante nuestros propios ojos, mientras nos mantenemos ciegos, ignorando el  oscuro mundo que ocultan las enormes y luminosas vallas publicitarias que adornan nuestras calles, ajenos y sordos a los gritos de quienes llaman a las puertas blindadas de nuestro continente vilmente enriquecido, enviándoles el mensaje terrorífico de que la muerte es el precio que se paga por llegar a llamar a unas puertas que raramente se les abrirán.

No me excluyo de esta vergüenza, no escribo estas páginas para sentirme por encima de lo que aquí denuncio. Yo también tengo una tele de plasma, lavo y encero mi auto hasta verme reflejado en su brillante pintura metalizada, y me recreo en la fragancia fresca que desprende el césped de mi jardín cuando lo corto los domingos. Yo también engordo a base del pan robado en otro mundo. En esta absurda sociedad de la opulencia nos conformamos con arrojar las migas que a nuestra saciedad sobran, y lo hacemos además con enorme arrogancia, con la estúpida ignorancia de quien se siente bien vertiendo sus desperdicios al otro lado de la valla espinada que nos separa de aquellos que los aguardan con hambre furibunda, esperando además que por ello tengan que estarnos agradecidos.

Los mismos políticos que orquestaron en el pasado el impune saqueo de la tierra África y de sus gentes, son ahora los malditos fantoches que se ríen y ningunean a las madres desesperadas que piden llorando para sus hijos el pan que les fue robado a sus abuelos. Son los mismos políticos que, con sus bocas sucias de mentiras, proclaman en sus programas la verdad absoluta de que es necesaria la construcción y mantenimiento un muro infranqueable que nos distinga de aquellos que aguardan al otro lado, presentándonos como una peligrosa amenaza a aquellos pobres miserables que, sin más armas que su esperanza, se agolpan dispuestos a pelearse a muerte por las cáscaras de lo que no nos queremos comer. Pero somos todos nosotros los responsables últimos, los que los elegimos participando en sus mediocres pseudodemocracias, los que en cómplice silencio vemos como se gastan nuestros recursos en hacer cada vez más alto el muro de la vergüenza, somos nosotros los que aceptamos de manera cobarde la idea de que esta tierra, que se ha hecho próspera a costa de empobrecer a los demás, pertenece sólo a los que tienen el privilegio de haber nacido tan sólo unos kilómetros más al norte. Nuestros políticos levantan muros e inventan leyes injustas que segregan a miles de personas, dejándolas indefensas y a merced de las mafias que se enriquecen más y más traficando con ellas, ganando enormes fortunas con el infame mercadeo de desesperada carne negra, mafias que están dispuestas a compartir su lucro con aquellos mismos políticos que hacen las leyes a la medida de sus oscuros intereses.

Por toda la ira que se me acumula ante toda la injusticia a la que asisto y de la que yo también formo parte, empecé a odiarme primero a mí, y después a todos los demás. Pero un sabio que conocí me hizo ver que la ira y el odio desembocan en enfermedad, y después en muerte, así que me enseñó a transformar el odio en lástima. Por ello, ahora ya no me odio ni a mí ni a nadie. Ahora siento lástima, primero por mí, y después por todos los demás que, al igual que yo, no agitan con la fuerza suficiente sus puños contra el muro que nos separa de nuestros hermanos hambrientos.

BARAKA IMANUEL

BARAKA IMANUEL

Imanuel tiene ocho años, es guapo y es uno de esos miles o millones de niños a los que el mundo en que han nacido les viene grande. Pude haberlo conocido en Bucarest , en Halong Bay o en Marrakech, pero le conocí por la tarde en una calle de MtoWaMbo, ciudad a la que llaman el río de los mosquitos. Es pequeño y sus pies descalzos y cansados sostienen un cuerpo asombrosamente delgado y apenas cubierto de ropas viejas, rotas y sucias. El polvo que tiene pegado a su piel atenúa la negrura de su cara, desde la que se asoma al mundo a través de su ojo izquierdo, con una media mirada desconcertada y perdida. Su ojo derecho se debió perder entre la desidia y la miseria en la que nació, allí donde no debe haber cura para una simple infección ocular, y en su lugar permanece una membrana amorfa y reseca de la que cuelga una lágrima perpetua, pero no es una lágrima de dolor, porque ya no le duele nada. Cuando le vi sentado en la calle me acerqué a él para jugar y hacerle algunas cosquillas, pero Imanuel no juega a nada y no hay nada que le haga sonreír. Me agaché frente a él pero ni me veía ni me oía, sólo movía sus labios resecos balbuceando continuamente algo que yo no entendía. Me senté a su lado y entonces se giró para verme. Mi nombre es Imanuel. Yo me llamo como tú, le respondí con una sonrisa difícil de mantener. Dame comida. No tengo, le dije. Él se volvió a girar y se volvió a perder en la nada. La malaria planea sobre él una y otra vez, pero eso no es algo que le importe. No tiene más que una camiseta rota y unos pantalones que le vienen grandes, nunca ha ido a la escuela y probablemente nunca lo hará. Ya tiene edad para saber que nadie se preocupa por él, ni siquiera él mismo. Imanuel no come todos los días, pero ya sabe cómo tratar el hambre. De vez en cuando metía su mano escuálida en uno de los grandes bolsillos de su pantalón y rebuscaba por todos sus rincones hasta sacar de su interior una pequeña bolsa de plástico sucia y arrugada, la desplegaba minuciosamente hasta llegar a su abertura, entonces se la llevaba a la cara hasta cubrir su boca y su nariz negra y respingona, y aspiraba profundamente. Al hacerlo su ojo se abría y estiraba su cuerpo para permitir que el pegamento inundara su interior y enmascarase bien su abandono y su desdicha. Justo después se giró hacia mí y me dedicó una sonrisa preciosa y amarga. Me tenía que ir, iba a recoger a un grupo de gente para llevármelos a cenar, así que le puse la mano en la cabeza. Badai, Imanuel, adiós. Me fui de allí y tan sólo unos minutos después me encontraba rodeado de gente en torno a la mesa de un restaurante, rebosante de la comida y bebida que aquella noche se ofrecía como “bufé africano”. Dame comida. No tengo. En mi cabeza empezaron a resonar estas palabras mientras delante de mí la gente se servía en sus platos un poco de esto y un poco de lo otro, mucha más comida de la que en realidad acabarían comiendo. De pronto sentí un profundo respeto por todos los alimentos que allí se encontraban, no podía ni tocarlos. Me sentía muy mal y salí a la calle a tomar el aire, y allí, asomado por el cristal de la fachada del local, estaba Imanuel, a tan sólo tres o cuatro metros de toda aquella comida a la que él nunca tendrá acceso, pues el cristal que le separa de ella es en realidad mucho más grande y mucho más grueso de lo que es. Es el infranqueable y eterno cristal que nos separa a los que comemos todos los días de los que no. Mi nombre es Imanuel, igual que el hijo de Dios, me dijo. ¿Qué Dios te habrá hecho esto? Le puse de nuevo la mano en la cabeza. Ven, tengo comida. Nos acercamos a uno de los puestos de comida callejera que había enfrente y pedí unas samosas y unas salchichas. No hablaba, sólo se dejaba llevar y ni siquiera la comida que tenía en las manos le hacía sonreír, creo que ya tenía al hambre demasiado engañada. Le dejé allí sentado, descalzo e indefenso como siempre lo ha estado, a merced de todo aquel o aquello que quiera disponer de él. Baraka Imanuel, buena suerte.

NAIROBI, LA CIUDAD VERDE EN EL SOL

La ciudad verde en el  Sol, el lugar de las aguas frescas, la ciudad salvaje. En la  cuarta ciudad más grande del continente universo la vida es intensa, demasiado intensa. Un tercio de sus casi cuatro millones de almas vive en el gran cinturón de de chabolas que rodea sus calles, Kibera. Desde el cielo, un marabú puede ver el color anaranjado y térreo del océano de chapas oxidadas que cubre todas y cada una de los cubículos que lo forman. Pero en su interior el color es bien distinto, todos sus rincones son negros, tan negros como la piel y los ojos de sus habitantes. Hablo del lugar en el que los niños juegan con las ratas entre aguas fecales, y no se ven coloridas organizaciones poniendo en marcha planes de ayuda, no hay nada que se pueda potabilizar. Pero ésta es sólo una de las caras de la ciudad salvaje. Entrando en ella se descubren dos escenarios bien diferentes, el día y la noche. A pleno sol, la ciudad salvaje es un hervidero bajo la apariencia de una moral tan falsa como forzados son los modales e incómodos los protocolos. Las calles están abarrotadas de coches, furgonetas y autobuses que avanzan muy lentamente en un atasco perpetuo que marca el ritmo y la vida de quienes los conducen, de quienes atraviesan las calles y avenidas sorteándolos, de quienes se han acostumbrado a su ensordecedor murmullo y a respirar el aire teñido de humo.  Caminando por la calle me cruzo sonrisas con la gente a la que arrojo una mirada, me gusta la amabilidad que se palpa durante el día. En la ciudad salvaje hay mucha moda, muchos hombres visten trajes de corte antiguo, luciendo sobre ellos corbatas del todo imposibles. Los zapatos son un tema aparte, absurdos modelos estrechos y largos, de punta recortada, imitando cocodrilo, serpiente, jirafa o cebra, absolutamente imponibles fuera de un carnaval. Las señoras siempre lo han tenido más fácil, se pongan lo que se pongan están bien, son señoras y ellas entienden de moda. Sus vestidos de llamativos colores, recargados de volantes y vericuetos textiles, envolviendo carnes a menudo desmesuradas sobre las cuales chirrían las costuras. Me suelen parecer arrebatadoramente feos, pero deben estar de moda, porque todas las señoras de cierto porte, o mejor dicho, de porte bastante cierto, visten cosa parecida. Pero hay algo en las señoras aún más impresionante, las pelucas chinas, algunas trenzadas, otras de pelo lacio, de turulitos de pelo o de pelo enturulado, son todas espantosas, de brillante plástico barato y fácilmente inflamable. Pero estos señores y señoras que, con un éxito más que relativo, tanto se afanan en su indumentaria, no son los únicos habitantes de estas calles, comparten su ecosistema urbano con un sinfín de personajes de procedencias y costumbres tan variadas que es imposible nombrarlas a todas. Entre ellos abundan masaais que se han venido a la ciudad a probar una vida menos dura y austera, que han conseguido un traje y una corbata para intentar integrarse y pasar más desapercibidos, sin embargo, aguerridos a la inseparable vara de acacia que la vida les ha asignado, sus orejas labradas y dilatadas siempre les distinguirán del resto. Un grupo de etnia turkana se agita en la puerta del tribunal en donde juzgan a uno de sus miembros por haber matado a uno de otra tribu en una reyerta a cuenta del ganado, y enfundados en sus extraños ropajes y pieles, cantan y bailan consignas en favor del procesado. Kikuyos, Luos, Kalenjis y demás, todos componen el gran mosaico de Nairobi. Gente que lleva papeles, gente que lleva sacos, gente que lleva a más gente, empujadores de carretas y vendedores de periódicos, niños de la calle, vagabundos, mendigos y prostitutas, taxistas llamándome a voces, gente con armas, ¿qué más se puede pedir?, a ver, ya puestos, un mercado caótico y abarrotado de todo y de todos. Hago la compra de verdura en el mercado central de Nairobi, y de todas las experiencias que he vivido en mi vida, ésta es de las más intensas y emocionantes, es literalmente el mayor caos al que he asistido, el que más ha fijado la perplejidad en mi rostro, nunca se limpia nada, la mierda se va acumulando en el suelo capa sobre capa, día sobre día, año sobre año, y el resultado es un suelo blando, húmedo y deforme cuya pestilencia es difícil de soportar durante los primeros momentos, luego ya el olfato se anestesia y se hace llevadero. Nadie se molesta en quitar el vetusto manto de detritos fosilizados, forjado a base de acumular restos de carne y pescado, fruta que se pudre, animales que mueren en sus jaulas cansados de que nadie los compre, y sobre este tapiz pútrido, se dispone día tras día una increíble variedad de frutas y verduras de gran calidad y colorido, nuevas porciones de res recientemente sacrificada y pescados que van perdiendo su brillo bajo el sol que los ablanda. También se amontonan sobre este suelo informe una  marabunta de ladrones, rateros, mentirosos e hijos de malas ratas que, sin descanso, intentan conducirte a la fatalidad, pero en esto ya estoy bastante bien bregado, y me los quito de encima con buena mano. Las vendedoras y vendedores que muestran sus mercancías postradas en el suelo de cualquier manera, gritan, vociferan, te llaman, te agarran, mzungu, me dicen, cuidado con los bolsillos, agarra bien la mochila.  No hay calles en el mercado, es la pura improvisación, la gente transita este mercado a saltos y empujones, los porteadores de cajas y sacos piden paso por las estrechas calles a silbidos, y hay que aplastarse contra las manzanas y las cebollas para dejarles paso. Este mercado salvaje es el propio de la ciudad salvaje, aquí la ley del más fuerte es la establecida, pero no es la peor ley. Existe otro puñado de leyes con las que hay que convivir, y quien no las conoce no vive para contarlo. Aquí la policía no detiene, si la falta es leve te arrean una paliza de palos de la que a lo mejor te recuperas. Poca cosa, aquí los ladrones y otros piratas son pasto de las balas, sin miramiento, la policía tirotea a quien se lo busca, en plena calle, me lo podrían haber contado, pero no ha hecho falta, no hace mucho tiempo vi, en medio de un inmenso atasco, a unos agentes de la ley matar a cuatro tipos que se disponían a asaltar una furgoneta de transporte de dinero. Y después de apaciguar a la creciente y desordenada multitud de curiosos con repetidos disparos al aire, todo volvió a la normalidad, ¡demasiado valientes! escuché decir a alguien con desprecio mientras pasaba al lado de uno de los cuatro desgraciados abatidos a tiros. El otro día pasaba caminando por delante del edificio del parlamento, y vi como una banda de músicos militares interpretaba algún tema del repertorio castrense, seguí caminando mientras los miraba hasta que una mano se posó en mi hombre y me dijo: no camines más, quédate parado mientras suena el himno. Reparé en que todo el mundo estaba quieto, inmóvil. Cuando todo acabó, el dueño de aquella mano amiga me explicó que caminar mientras se interpreta el himno era una grave ofensa, y te detienen si lo haces. En esta ciudad salvaje existe un barrio muy especial, Eastleight, el barrio somalí. Aquí no se oye swahili ni inglés, los habitantes de este barrio sólo hablan somalí. Caminando entre sus calles tortuosas y sucias se ve cómo van surgiendo cada vez más rápido negocios de todo tipo, tiendas, centros comerciales, restaurantes. Las fachadas bien pintadas y con amplios ventanales contrastan mucho con la decadencia y la humildad  de los edificios contiguos. En Eastleight viven muchos refugiados somalíes, huyeron de la miseria, la guerra y los atropellos, pero entre ellos se camuflan los dueños de las mafias de la piratería, aquí es donde se blanquea el dinero procedente de los rescates de los secuestros de barcos en el mar de Abiján y en otros puntos del índico. Entre estas calles conviven la humildad y la pobreza con la riqueza rebosante de quienes se lucran con las modernas batallas navales en alta mar. La ciudad salvaje es así a plena luz del día, pero cuando cae el sol todo se transforma. Ahora es el tiempo de las fieras, de las ratas, del mercado de carne negra, ya no hay moral ni modales, y la ciudad salvaje se vuelve más salvaje que nunca. Los casinos encienden sus luces y los grandes depredadores encienden sus ojos, las grandes vallas publicitarias exhiben sus imágenes cambiantes a todo color. Los clubes abren sus puertas y ponen la música a todo volumen. El atasco es el mismo que durante el día, pero los coches que avanzan tramo a tramo son ahora sorteados por niños que agarran con fuerza sus bolsas de pegamento, por prostitutas y prostituidas, por alguna gente que pide y por otra que agarra lo que puede y sale corriendo. No es buena idea salir a dar una vuelta si no vas acompañado, por alguien que no sea tan blanco, tan mzungu como yo, y así me lo hizo saber el amable portero del hotel que, viendo cómo salía la otra noche dispuesto a comerme el mundo, me paró, ¿dónde vas?, a dar una vuelta, le dije, a tomar unas cervezas. El hombre me miró de arriba abajo y se rió sin reparo, ¿tú solo?, pues sí, le contesté. El hombre continuó riendo y cuando ya se le pasaba el arrebato histriónico, me pasó su brazo por encima del hombro y me dijo, amigo, si quieres volver a tu habitación esta noche, tómate las cervezas que quieras, pero en el bar del hotel. Al final se me contagió su risa y la amabilidad de su consejo. Dos cervezas después ya estaba en la cama. Así es la ciudad salvaje, una ciudad como muchas otras, cuyo salvajismo me atrae de día y de noche con un adictivo morbo inexplicable al que siempre sucumbo.


SERENGUETI, EL INFINITO


Serengueti, la gran llanura, la tierra en la que la vida alcanza su máxima expresión. Por mucho que las busque, no conozco las palabras suficientes como para emprender la tremenda osadía de describirlo. Creo que su nombre es tan sólo una abreviatura, una simpleza que no alcanza a definir todo el significado de este lugar, una palabra en la que es imposible recoger todo lo que aquí sucede. Desde las altas colinas de Naabi se aprecia una vasta extensión de pasto interminable y que ya, en esta época del año, empieza a estar completamente seco, tan sólo se ve eso, y eso ya es mucho, tan grande que es posible apreciar la tenue curvatura de la corteza terrestre. Dejando atrás las colinas se desciende por una pista tortuosa e imposible para tomar contacto con el lecho de tierra infinita, y entonces se empieza a comprender que en esta parte del mundo tienen lugar algunos de los espectáculos naturales más fascinantes que suceden sobre la piel de nuestro planeta. Las lluvias escasean desde hace algunas semanas y la hierba ha perdido el verdor que exhibía con orgullo hasta hace sólo unos días. Todas las criaturas que aquí viven sabían que esto estaba a punto de ocurrir, igual que ocurre todos los años, por lo que hace ya algún tiempo empezaron a reunirse en abstractos grupos de aliados para emprender el éxodo hacia las aún verdes praderas de Transmara, hacia el norte. Cebras y ñues se congregan en pequeñas manchas de varias decenas de animales, ellas tienen un gran sentido de la vista con el que localizan los muchos peligros que les acechan durante el tránsito, ellos no ven mucho, pero su olfato les permite localizar el agua y los pastos húmedos a más de setenta kilómetros de distancia, y de esta manera guían al grupo hacia su propia supervivencia, es una simbiosis perfecta y armónica que se acrecenta según pasan los días, y unos grupos se unen a otros formando un grupo aún mayor que no dejará de crecer hasta que, unos cuantos kilómetros antes de alcanzar las orillas del río Mara, hayan conseguido formar una columna integrada por  casi dos millones de animales. Además de cebras y ñues, cientos de gacelas, impalas y búfalos se unen al desfile, todos quieren disfrutar de su parte del verde pastel que les aguarda al otro lado del río, y entre todos dibujan un informe e inmenso reptil negro y polvoriento que serpentea sobre la superficie de la tierra hacia un ansiado destino al que no todos llegarán. El Mara no es sólo un ría, será para ellos una estrecha frontera entre la vida y la muerte, una línea de agua en el que se decide quién seguirá adelante y quién ha llegado al final del camino. En los abruptos pasos que se han ido labrando a lo largo de los años entre ambas orillas, los animales se atropellan unos a otros, por un momento se rompe la aparente quietud que describían sus pasos, nadie se conoce, es un momento decisivo e inquietante, una lucha a vida o muerte. Muchos quedan atrapados en el lodo, o bajo la muchedumbre que se les viene encima, y los cocodrilos aguardan ocultos bajo las aguas turbias el momento idóneo para cobrar su peaje, atrapando entre las fauces de sus cabezas mastodónticas la carne que se les ofrece. Los impasibles hipopótamos, dentro de las mismas aguas pero un poco más allá, observan de lejos todo lo que ocurre, con ellos nadie se mete. Aquellos que alcanzan la orilla opuesta, se sacuden la adrenalina y retoman la serenidad que habían abandonado hace tan sólo unos instantes. Todo en este lugar gira en torno a la migración, los grandes depredadores siguen de cerca los pasos de sus presas, a donde van los unos van los otros. Familias de leones caminan agazapados y ocultos entre los pastos más altos, asomando de vez en cuando sus melenas negras y sus barbas blancas para no perder de vista su rica despensa. Los leopardos  aguardan en silencio desde lo alto de alguna acacia para lanzarse sobre cualquier cosa que pase bajo sus garras. Los zorros orejudos emergen de sus madrigueras y miran a su alrededor, para ellos también debe ser un gran espectáculo. Enormes elefantes escoltando a sus crías se asoman a los bordes de los pequeños bosques de las orillas del río para ver lo que ocurre. Ellos, al igual que las jirafas, no se moverán de su sitio, tampoco lo harán los rinocerontes, quienes prefieren caminar durante horas para buscar el agua que necesitan y después vuelven a su territorio. En esta inmensa llanura salpicada por colosales bloques de granito que se han ido redondeando a lo largo de millones de años, suceden muchas más cosas. Facóqueros y chacales merodean por todas partes en busca de los restos de las batallas que ellos no se atreven a librar, buitres de enormes alas, águilas crestadas y marciales, cernícalos, halcones, tejedores y abejarucos, y un sinfín de aves que aún no conozco, le ponen el color y la música a esta gran representación de la naturaleza al que no me canso de asistir. A veces escucho a alguien muy entendido decir que este lugar es la octava maravilla del mundo. Yo no sé quien se encarga de clasificarlas, pero pienso que bien podría ser la primera, aunque para mí este lugar, simplemente, es el infinito.